Para ti, que fuiste niño en la calle.



  









  Si miro atrás para beber de las fuentes de la memoria, de los recuerdos y detalles que forman mi primitiva, antigua y muy nazarena historia, he de remontarme a los años en los que empiezan a decolorarse la imagen y los sueños. Estamos en Torredonjimeno, Jaén, segunda mitad de los años 80. Como en una foto antigua veo a mi abuelo Juanjo llevándome de la mano a la casa de alguien que debiera dejarme una túnica para vestirme esa misma madrugada. A las prisas y a las bravas. Escasos días antes había recibido la Comunión por primera vez, allí en el cerro de la Virgen de la Cabeza, en plena sierra Morena y en plena Semana de Pasión. Como les digo, mi abuelo me llevó a que me dejaran una túnica y antes del vermú me había probado ya ese hábito. Verde botella, tela de raso, un raso viejo, seco. Traía la bolsa además un cíngulo granate. Ahí aprendí la palabra “cíngulo”, (que ciñe). Y también una prenda de cabeza, verde también, que, aunque los mayores propusieran que la llevara caída sobre la espalda, yo insistía en llevarla con un capirote por su sitio, y allí que fuimos a conseguir un cono de cartón con “la calor”. Esa noche de Viernes Santo salió un año más precediendo al Santo Entierro, el paso de La Magdalena y de San Juan, del que se encargara mi familia durante años. En la cofradía de San Juan, ese ochentero año de pura decadencia no hubo acompañamiento musical, ni mantillas, ni cirios, tan sólo hubo un muy humilde trono y un penitente, un único nazareno, y ese era yo. Un niño delante del paso de San Juan y de la Magdalena vestido de verde botella, cíngulo granate y con un capirote por su sitio, a pesar de la calor. El único, y el último.  Ya de mayor, me veo rodeado de cofrades en la bimilenaria Zaragoza, entre gente auténtica que busca la verdad en las pequeñas cosas que pueblan sus barrios. Cuiden a sus niños y niñas, porque de ellos será el reino de las procesiones. 

    Este texto va dedicado pues fundamentalmente a esos padres, abuelos y tíos, y a todos aquellos que hayan sentido alguna vez alguna de las emociones que nos embriagan los días de cuaresma, estos días de pasión, o cualquiera de los días del año que van entre "Pascuas y Ramos".

    Dedicado a los que saben a ciencia cierta que el incienso no son los bastoncillos que huelen a fruta, los que no aceptan que se les hable de “ese humo que huele a misa". Reconoces muy bien ese aroma dulzón con reminiscencias de resina, madera y azahar que acompaña tus recuerdos y te acomoda en un profundo bienestar. Cualquiera que huela el incienso litúrgico liberará endorfinas que harán que te sientas feliz . ¿Lo sabías? Los antiguos también lo sabían.


    Dedicado a los que salvarían su túnica por encima de todas las ropas, en el hipotético y nada deseable caso en el que tu armario fuera abrigado por el fuego, el "regalo de Prometeo".

    Dedicado a los que un trono les dice altar, monte calvario, huerto de olivos, cama, cruz, columna o palacio. A los que ven en un Paso, un escenario, un desprecio del Sanedrín. Un verdadero misterio de la pasión de Jesús, o de su madre, la Virgen. Un libro abierto, donde grandilocuente o de humildes cincel y gubia, un artesano ha plasmado una fotografía de "la historia más grande jamás contada". Una escenografía tratada con el mayor de los respetos y que en cualquiera de los casos, es cargado o empujado "todos por igual”.

    Para todos los que vivís la Semana Santa todo el año con orgullo.

    Para todos los que os dais cuenta que los antiguos Autos Sacramentales y procesiones penitenciales no eran otra cosa que teatro con una propuesta escénica cuidada. Que engancha y emociona, que cada procesión es distinta y cada año distinto del otro, esperado y efímero y así hasta donde nacen las fuentes de vuestros recuerdos.

    Dejaos llevar por la representación de la Pasión de Cristo cada año y contadlo. Y que no paren de sumarse hermanos cofrades, Volved a vivir cada Semana Santa como si fuera la primera, porque, ¿recordáis cuándo fue la última vez que hicisteis algo por primera vez?

    Dedicado a todos los que están esperando todo el año a que llegue la Semana Santa y cuando llega se les pasa volando. Los que le piden al cielo que no llueva ese bien tan preciado llamado agua. Los que llevan música de semana santa en el móvil , y que al visitar una ciudad y entrar en sus preciosas iglesias, buscan las capillas y preguntan “dónde están los titulares?” . Y con los ojos como bombos, escuchando, sienten cómo un guía local les cuenta el qué, el quién, el cómo, el dónde y sobre todo el cuándo. Esos que llevan en el llavero el anagrama o escudo . Los que piensan en comprarse una cámara para hacerle fotos a los pequeños y a la suegra en el Salou de turno, pero saben que antes tienen toda la Semana Santa para probarla. Los que en Zaragoza compran las medidas del Pilar según los colores de su Hermandad para ponerlas en el retrovisor y en las maletas.

    Los que desean que lleguen los ensayos para poder ver a sus hermanos, para sentir las vibraciones de la percusión. Ay, la percusión, compañera de la humanidad desde tiempos remotos. Lenguaje, signo, música, llamada, alerta. Estruendo de gloria.

    En definitiva, sirvan estas humildes palabras para recordar a todos aquellos que, de una forma u otra, seguimos siendo niños de fe en las calles, y seguimos ilusionados andando al paso de nuestras imágenes.




Texto publicado en el boletín "El llamador" del año 2025 que edita la Humildad de Zaragoza. 

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